Bethany Curve – Gold (1998)
Bethany Curve es otra de esas tantas bandas asentadas entre las sombras de los grandes nombres, a medio camino de ninguna parte entre el éxito y la descomunal ignorancia por parte del público mayoritario. Gold, su tercera referencia editada, forma parte de ese compendio de discos que permanecen ocultos en frías estanterías, ajenos al paso del tiempo y a la escucha selectiva de una minoría de oyentes. Mediados los noventa, pasada la génesis y defunción del grunge, el panorama del rock alternativo seguía apuntando hacia el shoegaze mientras ya se habían atisbado los primeros indicios del post-rock (sin entrar a mencionar otras corrientes como el noise, el punk-rock o el post-hardcore igual de presentes en la añorada década).
Bethany Curve bebe, esencialmente, de ese fogoso manantial nutrido por cascadas de guitarras superpuestas, ese juego de resonancias calculadas que captura nuestra atención y la desvía hacia el infinito. La profusión de sonidos encadenados genera un ‘muro de sonido’ -dios nos libre al usar tan cacareado término y, ahora, lejano a su progenitor- de sencilla aceptación, apenas correoso y rico en matices y fuerzas variables de las que queda constancia en los once cortes que integraron este Gold editado bajo el cuidado de Unit Circle Rekkids.
A medio camino, estilístico, hacia ninguna parte, Bethany Curve crece en las canciones más desgarradas, mientras reposa y flota en un mar de éter en sus compases más taciturnos donde la voz de Ray Lake se esconde furtivamente entre las profundas reverberaciones del conjunto americano acercándose, casi, a ese fino meridiano que surca diversos estados emocionales, estados musicales, englobando de una parte el dream-pop más ingrávido y ahondando por otra en la suciedad de guitarras que sirven como pretexto a la generación (y reegneración) de continuados fluidos sonoros.
Gold posee encanto, poderío y sencillez en la primera fase del mismo. Transcurre ávido entre formas, fórmulas y recursos sin obviar, en ningún momento, ni dejar de lado su faceta más accesible. A medida que avanza el tiempo, las pistas dadas tornan, aún sin exceso, en una mayor densidad y abigarramiento onírico. Abunda la repetición como síntesis y parece querer sumergirse en un proceloso mar de ondas longitudinales ataviadas bajo un manto de finas y profundas reflexiones a través del cual parece distinguirse, esconcido imperceptible, un débil rayo de luz.
